He dejado de sentir, en el más estricto sentido de la palabra, mi corazón murió junto a él. Necesitaba los recuerdos pasados para seguir sobreviviendo, también los recuerdos que más daño hacen están presentes en cada uno de mis movimientos. Porque ya no quedaban finales felices, ni tampoco magia, un poco de realidad fría y café caliente en un amanecer con olor a lágrimas secas en la almohada.
Pero en el crepúsculo de nuestras vidas yo ya perdí el sentimiento de lucha que en antaño tenía. Había desaparecido y era lo único que importaba ahora. Me sentí estremecer. Y sonreí al recordarle. Quizás nunca volverían a resonar mis zapatos contra su duro suelo de níveo mármol. Tampoco podría romper el hielo que cubría su corazón, fuerte y gélido como una bocanada de aire en plena nevada. Nunca volvería a caer en su juego de niños sin sentido, que casi siempre acababa con más pena que gloria. Su cama quedaría vacía de mi presencia, porque su lecho de muerte era perpetuo en mi. Todas las promesas que hizo no eran de verdad, pero ya ni siquiera las mentiras amargan, se perdió el olor de mis ropas y esas caricias que me hacían sentir mejor.
Sus ojos ya no me arropan, ahora perdidos, comprados por otra. Inundada la escena por la melodía de la poesía callejera, esos sonidos que solo encuentras por los barrios marginales. Sirenas que no viven en el mar, que no encuentran finales de película. Hacía tiempo que no sentía que sus labios eran lo que me saciaba, el era el que con una simple mirada me lo decía todo sin ninguna palabra. Y ahora, en este pleno calor de verano lejano, mirando como mi vida va pasando lentamente con los recuerdos rotos, atardeceres asquerosamente bonitos y sin ti, sin el y tampoco lágrimas de amor loco.
Guardaré su mirada en mi corazón, pues de ahí nadie podrá sacarlas nunca. Las caricias las guardaré en una cajita, por si algún día me siento necesitada de amor, y todas las noches las dejare aparcadas en aquel rincón.
Mientras en el bar de al lado miro los hielos de mi café chocando contra el vaso, las horas van pasando y no me doy ni cuenta, estoy haciéndome la idea de que podría encerrarme en mi pequeña cúpula de cristal para que nadie me pueda molestar en esta oscura e intranquila realidad. Sé que pronto estaré embarcando en una misión secreta del corazón. Empezare a arrancar uno a uno los pétalos de la rosa que me regalaste aquella tarde y, con un rotulador azul, escribiría letra a letra, una sola en cada pétalo, la frase de aquella canción: " entre los obstáculos del corazón hay un principio de alegría que me gustaría merecer.". Y después tiraría todos los pétalos por la ventana. El viento se los llevaría. Podría ser que alguien los encontrase. Que volviese a ponerlos en orden. Que leyese la frase. Y que viniese a buscarme. Quizá viniese él. Quizá.
Las etapas sólo se cierran cuando recordar deja de hacer daño,
cuando admites que las cosas tienen un final. Aunque incluso logras convencerte de que él verá la luz y se presentará en tu puerta. Y después de todo eso, y aunque esa situación dure mucho tiempo, vas a un lugar nuevo y conoces a gente que te hace recuperar tu amor propio y vas recomponiendo tu alma pedazo a pedazo y toda esa época difusa, esos días de tu vida que has malgastado, empiezan por fin a desvanecerse, aunque el recuerdo de esa persona que te hizo sentir especial siempre lo tendrás grabado en una pequeña esquina de tu corazón, y la recordaras siempre.
El me dijo que nunca lo iba a olvidar y yo con la cabeza bien alta le dije que sí que le olvidaría. Pero al pasar unos años es cuando entonces descubrí que él siempre había tenido razón, no lo olvidé..
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